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ESPECTÁCULOS Y MUNDO TARDÍO EN HISPANIA

Ramón Teja. Universidad de Cantabria.

La Antigüedad Tardía conoció la decadencia de los ludi y los espectáculos en las provincias occidentales del Imperio Romano de una manera progresiva y generalizada. La Edad Media no conocerá ni los juegos ni los baños, que estaban estrechamente asociados con ellos. Si el paisaje de la ciudad romana estaba dominado por los grandes edificios públicos que eran los teatros, los anfiteatros, los circos y las termas, en la ciudad medieval los edificios que se imponen en el paisaje son las iglesias y las catedrales. Ante una constatación como ésta es fácil la tentación de atribuir a la nueva religión cristiana la responsabilidad primera en la desaparición de los ludi, y más si observamos que sobre las ruinas de muchos edificios dedicados a deportes y espectáculos se alzaron pronto iglesias cristianas. Cuando los primeros viajeros ilustrados llegaron en el siglo XVIII al lugar de la antigua Olimpia en busca de las ruinas que debían ser testimonio de su glorioso pasado, el único edificio que sobresalía del suelo era una pequeña iglesia bizantina, fruto de la adaptación del taller donde Fidias había esculpido la famosa estatua criso-elefantina del Zeus Olímpico que presidía los juegos desde su templo. De una manera similar, en la arena del anfiteatro de Tarraco se construyó a finales del siglo VI una iglesia martirial en memoria del obispo San Fructuoso que allí había sufrido el martirio.

Pero, ¿existió realmente una relación de causa-efecto entre el triunfo del cristianismo y la desaparición de los espectáculos? La tentación se acrecienta al comprobar que desde sus inicios los escritores y predicadores cristianos volcaron sus ataques y diatribas de una manera sistemática contra los juegos y espectáculos paganos y dictaron prohibiciones tajantes de que los cristianos bautizados asistiesen a tales espectáculos. Por razones religiosas y morales. Se consideraba a los juegos como una expresión de la idolatría pagana y a todos los espectáculos como manifestaciones inmorales que excitaban los más bajos instintos en los espectadores. Desde Tertuliano en el siglo II, que afirma que todo edificio de espectáculos es un templo de los demonios (omnium daemonum templum est) hasta Salviano de Marsella que en el siglo V califica a los espectáculos como obra del diablo (daemonum opera) se repiten una y otra vez las mismas diatribas. Se convirtió en un lugar común de la predicación cristiana la consideración de la triada clásica de los espectáculos romanos, es decir, la arena, el circo y el teatro como provocadores de una triada de bajos instintos en los espectadores: el circo provoca pasiones, la arena crueldad, el teatro lujuria. El topos circus furens, arena saeviens, scaena lasciviens se repite en los escritores cristianos con pequeñas variantes durante dos siglos desde Tertuliano hasta san Agustín, y será recogido todavía en el siglo VII por Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: Estos espectáculos, con la contemplación de su crueldad y de sus vanidades, fueron establecidos, no sólo en razón de los vicios de los hombres, sino también por mandato de los demonios. Por lo tanto, para nada debe el cristiano relacionarse con la locura del circo, con la crueldad del anfiteatro, con la atrocidad de la arena, con la lujuria del teatro (Etim. 18, 59). Pero cuando escribe Isidoro esto no era más que erudición de anticuario.

No resulta sorprendente que hasta el siglo XIX se convirtiese en un lugar común de la historiografía sobre el tema que la iglesia acabó con los espectáculos públicos de la Antigüedad. Pero si observamos más de cerca las costumbres de los ciudadanos en el siglo IV, época en que la sociedad se hace cristiana en su mayoría, observamos que en muchas ciudades, especialmente en las más grandes, las masas, cristianas en su mayoría, seguían llenando los edificios de espectáculos. En Roma san Agustín describe con su habitual maestría, en un conocido paisaje de sus Confesiones, la pasión con que a finales del siglo IV los romanos llenaban el Coliseo en los espectáculos de gladiadores y los efectos que la contemplación del derramamiento de sangre producía en un público ávido de sensaciones fuertes y, en concreto, en su amigo cristiano, Alipio: Tan pronto como vio aquella sangre bebió con ella la crueldad y no apartó la vista de ella, sino que la fijó con detención, con lo que se enfurecía sin saberlo y se deleitaba con el crimen de la lucha y se embriagaba con tan ardiente placer (Conf. VI, 8). Pocos años después, san Juan Crisóstomo, uno de los escritores cristianos que más diatribas lanzó contra los juegos, se lamentaba una y otra vez de que, cuando había espectáculos en Antioquía, la iglesia se quedaba vacía, incluso en viernes santo: Aunque la ciudad está llena de hombres, la iglesia está vacía; está rebosante, el foro, el teatro y los pórticos, pero la casa de Dios está desierta (De mutat nom. 1, 1). Es bien sabido que en Constantinopla, ciudad que había sido concebida y fundada como cristiana, para contraponerla con la pagana Roma, el circo ocupó un lugar central en su programa urbanístico y las carreras de carros alcanzaron una popularidad y arraigo durante varios siglos comparables o superiores a las que habían tenido en Roma. Al igual que en Cartago donde se nos dice que, mientras los vándalos de Genserico tenían sitiada la ciudad, la población se agolpaba despreocupada en el circo.

Estos ejemplos, que se podrían multiplicar, demuestran que las predicaciones de los obispos cristianos contra los espectáculos tuvieron muy poca acogida en las masas populares. En otro trabajo nuestras hemos expuesto los posibles motivos que aquí no podemos repetir. Pero lo cierto es que, si en la mayor parte de las ciudades de Occidente, a partir del siglo IV, los juegos y espectáculos públicos entraron en una rápida decadencia que culminó en poco tiempo en su desaparición, Hispania no fue una excepción. La decadencia de los juegos y espectáculos en la Hispania romana se constata en las fuentes arqueológicas, epigráficas y literarias de que disponemos, muy escasas todas ellas y, quizá, esta escasez es la mejor demostración.

Los testimonios arqueológicos son desoladores. Todos los edificios públicos de espectáculos, teatros, anfiteatros y circos, conocidos en Hispania fueron construidos entre los siglos I y III de nuestra era. A partir de mediados del siglo III, no sólo no se construye ninguno nuevo, sino que la mayoría de los existentes cae en ruinas o se amortiza. Aunque la arqueología de la Antigüedad Tardía en la Península sólo ha comenzado a ser conocida y valorada en los últimos años, los datos disponibles son coincidentes en casi todas las ciudades. Un somero balance, aunque no sea exhaustivo y se puedan hacer correcciones, es muy significativo. En Segóbriga el teatro fue utilizado como cantera desde finales del III y el anfiteatro en el siglo IV es destinado a hábitat semirural. En Carmona se fechan tumbas en el anfiteatro a finales del III o comienzos del IV. En Conimbriga parece que la muralla bajo-imperial se construyó a finales del III o comienzos del IV con materiales tomados del anfiteatro. El teatro de Regina debió de ser abandonado a comienzos del siglo IV; el de Baelo-Claudia aparece ya ocupado por una necrópolis en el V; el de Clunia, el de mayor aforo de Hispania junto con el de Carteia, y único constatado en su conventus iuridicus, se abandona en el siglo III; del de Saguntum se dice que permaneció en uso hasta el siglo V, mientras que el circo se abandona en el IV. El teatro de Carthago Nova es ocupado en el siglo IV por un macellum, mientras no parece que haya noticias del final del circo y del anfiteatro. El circo de Calagursis parece que fue abandonado en el siglo III.

Las noticias disponibles sobre la pervivencia de los edificios públicos de espectáculos en algunas ciudades grandes no son mucho más optimistas, salvo en los casos de Emerita y Tarraco. De Itálica se ha podido constatar una recuperación del teatro a comienzos del IV, tras una fase de decadencia en la segunda mitad del III; no hay noticias seguras sobre el final del anfiteatro. En Córdoba parece que el teatro permaneció en uso hasta el siglo V; en cuanto al circo, si se aceptan las interpretaciones propuestas para los restos arqueológicos de Cercadilla, experimentaría una revitalización a comienzos del IV al formar parte del supuesto conjunto palacio-circo de Maximiano Herculeo. En cuanto a Tarraco, el teatro fue abandonado en el siglo IV convirtiéndose en cantera de materiales de construcción, pero el anfiteatro parece que experimentó una renovación en época constantiniana en base a una famosa inscripción, aunque se abandona a raíz de un incendio, a finales del IV o comienzos del V; por el contrario, el circo debió de continuar activo en el V pues se constata una repavimentación en la arena y no debió ser abandonado hasta el VI. Sólo en el caso de Emérita se ha podido constatar la reparación y pervivencia de los tres principales edificios de espectáculos, teatro, anfiteatro y circo en el siglo IV y quizá también el V, en base a inscripciones, reformas de embellecimiento y sellos latericios. Más adelante trataremos de ofrecer una explicación de los casos de Tarraco y Augusta Emérita.

El panorama que ofrece la epigrafía es más desolador aún. Del total de inscripciones, tesserae u objetos relacionados con editores ludorum en Hispania (50 en el corpus de A. Ceballos), ninguno es posterior al siglo III. Tampoco hay ningún documento fechable en el siglo IV referido a atletas, gladiadores y artistas o personajes del teatro. La única excepción es la inscripción funeraria del auriga, Sabinianus en la basílica paleocristiana de Casa Herrera, cerca de Mérida, cuyas propuestas de datación oscilan entre los siglos IV y VI, lo que cuadra con las otras informaciones sobre la permanencia de las actividades circenses en esta ciudad. Tampoco arrojan más luz sobre el tema otros testimonios arqueológicos relativos a divinidades vinculadas con los juegos y espectáculos salvo la constatación de que el Nemeseion del anfiteatro de Itálica parece que perduró hasta el siglo IV. Se ha solido aducir la proliferación de mosaicos con motivos lúdicos, especialmente circenses, durante toda la Antigüedad Tardía, como prueba de la popularidad de los espectáculos del circo. Pero esto afecta más a los gustos y tradiciones artísticas que a la celebración real de estos espectáculos allí donde aparecen estos motivos, al margen de que, como demuestran los documentos arqueológicos y epigráficos señalados, y las fuentes literarias que a continuación comentaremos, parece que fue el circo el espectáculo que tuvo una mayor continuidad en Hispania.

Las noticias que nos proporcionan las fuentes literarias sobre la pervivencia de ludi en el siglo IV son tan escasas como irrelevantes. Se ha aducido con mucha frecuencia la prohibición en el canon 52 del Concilio de Elvira, quizá de comienzos del siglo IV, de admitir al bautismo a aurigas y actores de teatro, que no abandonen previamente la profesión. Esto no hace sino confirmar las repetidas condenas desde el siglo II por la iglesia de todos los espectáculos por su carácter idolátrico e inmoral, pero que debieron tener tan escasa aceptación como la prohibición, por ejemplo, de la prostitución u otras prácticas sociales. El hecho es que en el 400 una epístola del papa Inocencio I, que más adelante comentaremos, recuerda los numerosos obispos que en Hispania han accedido a este honor tras haber ofrecido antes de su consagración espectáculos profanos al pueblo. Las escasas fuentes literarias disponibles sólo nos confirman algo obvio, que los espectáculos, que eran tan populares y estaban tan arraigados en las tradiciones cívicas romanas, siguieron dándose en el siglo IV, pero nada nos dicen de su número, cadencia e importancia en la vida de las ciudades de la época. Lo único seguro es que debieron ser cada vez más espaciados, como demuestran las fuentes arqueológicas, y quedar cada vez más reducidos a las ciudades más ricas e importantes.

Los caballos de carrera hispanos eran altamente estimados en el mundo romano y lo seguían siendo en la segunda mitad del siglo IV como prueba bien la correspondencia de Símmaco solcitándolos a sus amigos hispanos para competir en el circo romano. Los caballos hispanos eran un bien apreciado y una fuente de ingresos importante para sus propietarios, pero nada sabemos del incremento o disminución de su cría en la Hispania tardía, o de su utilización de los espectáculos locales, aunque, como ya hemos señalado, el circo debió ser el espectáculo que más perduró en la Península Ibérica y el caballo fue siempre un animal altamente apreciado como demuestra su proliferación en las representaciones de los mosaicos. La correspondencia de Símmaco demuestra que eran muchos los senadores hispanos, o que tenían propiedades en Hispania, que mantenían cuadras de caballos en sus fundi a finales del siglo IV y que éstos se podían adquirir en muchos puntos diferentes de la Península. Una noticia conservada la Chronica Caesaraugustana de que en el 504 se celebró una carrera de caballos en Zaragoza sólo demuestra que el espectáculo del circo no había desaparecido totalmente en Hispania, pero que esta celebración debió de ser un acontecimiento lo suficientemente extraordinario para que fuese recogido en una crónica de estas características.

Todas las informaciones disponibles confirman, pues, que los juegos y espectáculos experimentaron una brusca caída en Hispania a partir del siglo III. Si, como hemos defendido, las condenas de la Iglesia no debieron surtir mucho efecto, hay que preguntarse cuál fue la causa de este fenómeno. Para explicarlo hay que partir del hecho de que todos los espectáculos antiguos tenían un carácter cívico y estaban estrechamente unidos a la vida política y religiosa de las ciudades. Por lo tanto, se trata de un capítulo de la historia social y urbana. En los primeros siglos del Imperio la construcción de edificios de espectáculos y su financiación era cometido de las élites urbanas con el apoyo más o menos directo del poder imperial y sus representantes en las provincias. Pero, a partir de finales del siglo III, las ciudades experimentaron profundas transformaciones en todo el Occidente romano a consecuencia del cambio en la política imperial y del debilitamiento de las clases dirigentes ciudadanas que habían constituido hasta entonces el principal impulso de la vida urbana. Se produjo un debilitamiento de la mayoría de las ciudades y una reclasificación jerárquica de otras. Al tiempo que disminuye el número y tamaño de la mayoría de las ciudades, se produce una potenciación de las grandes capitales y de los centros más beneficiados por la reorganización territorial del Imperio. El ascenso de determinadas ciudades llevó consigo la muerte de otras muchas o la degradación de su urbanismo, que las más de las veces pervive como algo residual. Como hemos escrito en otra ocasión, el Bajo Imperio fue en Hispania una época de pocas pero grandes ciudades, lo contrario de la época anterior.

Estas transformaciones urbanas tuvieron su reflejo también en la epigrafía. La decadencia del hábito epigráfico en el siglo IV es un hecho indiscutible en todo el Imperio. Pero, no sólo disminuyó su número, sino que también cambió su carácter. Se reduce enormemente las que honran a benefactores privados y proliferan las dedicadas a ensalzar a los funcionarios imperiales y se convierten en un elemento estético y ceremonial más que político. Todo ello es un reflejo de la debilidad de las instituciones de autogobierno y de las élites locales y de que la iniciativa política pasó a manos de los gobernadores o de otros altos funcionarios imperiales que tenían su sede en las grandes capitales.

Todas estas transformaciones en la política, en la sociedad, en el urbanismo y hasta en los hábitos epigráficos se manifiestan bien en los edificios públicos de dos grandes ciudades hispanas de la época como son Tarraco y, especialmente, Emerita Augusta. Como hemos señalado anteriormente, son éstas las únicas ciudades de la Península en que se puede atestiguar la reparación de los grandes edificios de espectáculos, circo, anfiteatro y teatro, en el siglo IV. Pero como testimonian las inscripciones conservadas, éstas reparaciones no fueron obra de evergetas privados, sino de los representantes del poder central. Tanto la inscripción monumental que conmemora la restauración del anfiteatro de Tarraco en época constantiniana, como las no menos monumentales del circo y del teatro de Emerita de la misma época son una manifestación de autoafirmación imperial y de propaganda y exaltación de los magnates y altos funcionarios locales que las promueven. La famosa inscripción del circo de Emerita, tras recordar a los emperadores reinantes, ensalza a los responsables de la reparación que no son otros que el vir clarissimus y comes Tiberius Flavius Laetus y el gobernador de la Lusitania, Iulius Saturninus. De modo similar, la inscripción del teatro, tras ensalzar a los emperadores reinantes, Constantino, Constante y Constancio, recuerda que la obra se hizo bajo la supervisión del gobernador de la provincia, Severus.

Son, pues, sólo algunas grandes ciudades, los más importantes centros de la administración, como Tarraco o Emerita, capital de la Diócesis y sede del Vicarius Hispanianrum, las que, a partir del siglo IV mantienen una vitalidad suficiente para mantener vivos los ludi y los grandes edificios en que éstos tienen lugar y que se convierten en el escenario para exaltar a los emperadores del momento. Una exaltación que fue promovida por la propia política constantiniana tendente a mantener vivos los viejos ideales y formas de vida romana en las grandes ciudades del Imperio con el apoyo político y económico de la administración central que quería suplir la debilidad y pérdida del espíritu evergético de las élites dirigentes de las ciudades medianas y pequeñas.

Volviendo a nuestro punto de partida, podemos afirmar que los ludi y todo tipo de espectáculos, que habían surgido y proliferado en todo el mundo romano gracias a una estrecha asociación entre lo cívico y lo religioso, cayeron en una rápida decadencia en Occidente por la debilitación del primer elemento, el espíritu cívico, y no tanto por la predicación y oposición de las nuevas autoridades religiosas, los obispos. Si alguna responsabilidad puede atribuirse a la iglesia y al cristianismo en general en este fenómeno es de una manera indirecta. A diferencia de lo que sucedió en el Oriente, en el Occidente romano asistimos en el siglo IV al debilitamiento de las curias y las instituciones ciudadanas tradicionales y a su substitución progresiva por los obispos como figuras dominantes en la ciudad. La mayoría de estos obispos procedían de la clase curial y, aunque siguen actuando al servicio de su ciudad, sus ideales difieren profundamente de los que habían inspirado a las élites cívicas tradicionales. El liderazgo local permanece en las mismas aristocracias locales, pero éstas ejercen el poder a través de una institución nueva y totalmente diferente, la episcopal. Tenemos un magnífico documento de este proceso en una fuente poco conocida por los historiadores españoles, la Epístola 3 del papa Inocencio I a los obispos reunidos en el concilio de Toledo del 400. El papa denuncia entre los numerosos abusos existentes en el episcopado hispano a aquellos que, procedentes de la clase curial (ex curialibus), a pesar de haber ofrecido al pueblo diversiones y espectáculos (voluptates et editiones), han llegado al sumo honor del sacerdocio, el episcopado. Incluso, algunos de estos curiales convertidos en obispos habían sido coronati, lo que seguramente quiere decir que habían ejercido el sacerdocio provincial del culto imperial, es decir, la presidencia del Consejo provincial, y con este título habían ofrecido espectáculos públicos (editiones publicas celebraverint). El papa añade que son tantos los obispos de Hispania implicados en estas irregularidades que, si se quisiera expulsarlos del episcopado, sería peor el remedio que la enfermedad y se contenta con que no vuelvan a repetirse estos hechos.

Esta carta de Inocencio I demuestra que a finales del siglo IV y comienzos del V eran todavía muchas las ciudades hispanas donde, siguiendo las costumbres y obligaciones tradicionales las aristocracias locales continuaban financiando los espectáculos públicos, pero que tales aristócratas locales y provinciales juzgaban más ventajoso y honorable culminar su cursus honorum con el episcopado que con la carrera civil. Este proceso acarreó cambios también en la topografía urbana: los foros, los circos, los teatros y los anfiteatros comienzan a ser substituidos por las iglesias como lugar de encuentro de sus dirigentes con el populus, que se transforma ahora en la plebs Dei. Pero tanto los obispos que levantaban las iglesias, como los emperadores, los evergetas y patronos que financiaban los edificios de espectáculos se movían por estímulos similares: la fama y la popularidad para la posteridad. En la inscripción que el papa Damaso hizo grabar en la basílica de San Lorenzo in Damaso por él embellecida expresó el deseo de que las obras llevadas a cabo sirvan para conservar intacto su nombre a lo largo de los siglos (ILCV, 970). El Coliseo y la Basílica de San Pedro son los dos edificios más emblemáticos de la ciudad de Roma. Ambos impresionan por igual a sus visitantes, pero cada uno de ellos es el símbolo de dos civilizaciones diferentes, la antigua y la cristiana, y de dos tipos de patronos diferentes, los emperadores y los papas.

Bibliografía.