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DE BEN-HUR A LOS TRES DÍAS DEL GLADIADOR: LOS LUDI EN LA LITERATURA Y EL CINE

Cesar Vidal. Historiador y editor.

Dentro de la visión panorámica de los juegos romanos se me ha asignado quizá por mi ocupación profesional que aborde el tema relativo a su reflejo en la literatura y el cine. Confieso que el tema me resulta altamente sugestivo y más si tenemos en cuenta la manera en que nuestra visión, o al menos la del gran público, de la Historia se encuentra modelada y formada por factores como la novela o el cine. Razones obvias hablamos de un tema que casi podría ser suficiente para elaborar una tesis doctoral de mediano tamaño impiden que sea exhaustivo en el estudio de la cuestión pero sí voy a detenerme en los jalones creativos fundamentales, en las épocas concretas y, especialmente, en la manera tan diversa en que los temas han sido abordados. Basta pues de introducción y vayamos a la cuestión que nos ocupa.

I. los ludi y el triunfo del cristianismo.

Puede resultar curioso pero la trasposición de los ludi a la ficción no tuvo lugar en la vieja Europa que los había albergado sino en el Nuevo Mundo. La motivación arrancó, por otra parte, de circunstancias no menos peculiares. El autor era un redomado ateo que había llegado a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era escribir un libro donde se demostrara la inexistencia de Jesús y, por lo tanto, la falacia sobre la que se sustentaba el cristianismo. Sin embargo, a medida que iba analizando los materiales que pasaban por sus manos no sólo no encontró fundamentación para su punto de vista sino que además experimentó una conversión. Abrumado por este episodio decidió escribir una novela en la que se describiera el mundo en que había surgido el cristianismo. El resultado fue Ben-Hur, subtitulada oportunamente, Una novela de los tiempos de Cristo. La obra que describe las peripecias del judío Ben Hur llegaba a su punto decisivo en el libro quinto donde se describía la manera en que el protagonista derrotaba en una carrera de cuádrigas al pérfido Mesala. Huelga decir que fue un éxito extraordinario. De hecho, durante los primerísimos años de edición superó holgadamente los dos millones de ejemplares vendidos. Asimismo fue una de las primeras novelas llevadas a la pantalla grande. En 1926, se estrenó una versión protagonizada por Ramón Novarro y producida por MGM y en 1959 revalidó totalmente su poder de atracción con la película más oscarizada de la Historia hasta Titanic. En buena medida Ben Hur iba a marcar la pauta de toda una primera época de tratamiento del tema. Los ludi no eran sino un magnífico trasfondo para abordar el tema de la expansión del cristianismo y, a la vez, de la decadencia moral de una cultura clásica que se complacía con la barbarie y que no dudaba en arrojar a los leones a lo mejor de su época. Posiblemente, la obra clásica al respecto sería El signo de la cruz, basada en un texto de Waldemar Young y de Sidney Buckman. Situada en la época de Nerón magistralmente interpretado por Charles Laughton la película, que produjo Cecil B. De Mille, narraba los amores de Marco Superbo y de la cristiana Mercia interpretados respectivamente por Fredrich March y Claudette Colbert. Posiblemente para el gusto actual la película parecería demasiado clara en su orientación pro-cristiana una orientación compensada por escenas de notable sensualidad como la del baño de Popea en leche de burra pero no es menos cierto que constituye una de las mejores realizaciones sobre el tema y que recientemente volvió a comercializarse en Estados Unidos con un éxito notable. Sin embargo, retrocedamos nuevamente al terreno de la literatura.

La combinación de religión y circo se encuentra también presente en otra de las grandes novelas de los tiempos de Cristo que, en este caso, se debería a un autor católico pero no mediterráneo, el polaco Sinkiewicz. Autor de novelas extraordinarias sobre la historia polaca y su lucha por la independencia contra alemanes y rusos, Quo Vadis? tomaba como punto de partida una antigua leyenda relacionada con la persecución neroniana y desarrollaba cuestiones como la absorción de los pueblos bárbaros en el seno del imperio, una historia de amor entre la esclava Ligia y el romano Marco Vinicio y, sobre todo, el enfrentamiento ideológico entre la civilización clásica y el cristianismo. Llegaba incluso a redimir la figura del libertino Petronio convirtiéndolo en un filósofo pre-cristiano. En este caso, los ludi eran también contemplados como el marco en el que la nueva fe obtendría su triunfo aunque, tal y como ya señaló Tertuliano, mediante la sangre de sus mártires. Ligia se salvaría para consumar su amor con Marco Vinicio, los demás entregarían su vida ante los que se reían de la nueva fe sabedores, no obstante, de que el triunfo histórico les esperaba. Quo Vadis? fue llevada al cine en 1951 con Robert Taylor y Deborah Kerr como protagonistas y aunque su reconstrucción de la época puede resultar objeto de críticas le cabe el honor un tanto discutible de que millones de personas hayan terminado identificando a Peter Ustinov con Nerón.

Tercera dentro de este grupo de obras que primaban el contenido espiritual es Fabiola del cardenal Wiseman. Entretejida con un conocimiento realmente privilegiado de las fuentes patrísticas, Fabiola describía de manera muy sólida los tiempos de la persecución de Diocleciano y, nuevamente, relacionaba los ludi con el martirio. Los personajes recogidos en una novela ciertamente extraordinaria como Pancracio o Sebastián eran históricos y además en una medida u otra sufrían la muerte en el curso de los juegos. La película del mismo título recogía en parte el contenido de la novela pero resultaba muy inferior.

También al siglo XIX debemos otra novela de tema cristiano Los últimos días de Pompeya que escrita por Bulwer Lytton sería llevada al cine en 1913 en un clásico del cine mudo italiano debido a Mario Caserini que continua siendo muy cotizado por los conoisseurs. Como veremos más adelante, sin embargo, su mayor vinculación con los ludi tendrá lugar en relación con una versión posterior.

El elemento cristiano en la descripción de los juegos volvería a aparecer en otras dos películas que o no contaban con un soporte novelístico previo o lo alteraban sustancialmente. Sin embargo, lo más importante en ellas era que el gladiador se convertía en protagonista y, por primera vez, el espectador se convertía en testigo de la angustia vinculada a esta ocupación. La primera de estas películas fue Demetrius y los gladiadores (1954) una secuela cinematográfica de La túnica sagrada (1953) la novela de Lloyd Douglass; la segunda es Barrabás (1962). En ambos casos, se conservó la referencia al martirio pero, por primera vez, los cristianos dejaron de ser víctimas de los juegos más violentos para convertirse en protagonistas de la lucha de gladiadores. Aunque sea muy endeble argumentalmente Demetrius y los gladiadores recoge la dureza de los combates que se aglutinan en torno a un Victor Mature atormentado por el drama de la violencia en un mundo que, según se pretende, rige el amoroso Dios predicado por los cristianos. El resultado final puede tacharse de mediocre pero no precisamente en aquellas secuencias relacionadas con los ludi.

A diferencia de esta película, Barrabás (1962) por el contrario, arrancaba de una novela del Premio Nobel Pär Lagervikst que, cinematográficamente, era superada a mi juicio aunque no estuvieran ausentes los errores históricos. Una vez más se colocaba sobre el tapete la suerte horrible del gladiador que además en este caso aparecía vinculada a otras manifestaciones de barbarie del mundo clásico como podían ser la crucifixión o la esclavitud. Tanto Anthony Quinn en el papel del delincuente judío puesto en libertad en lugar de Jesús como Jack Palance como avezado gladiador estaban magistrales aunque era más que dudosa la manera en que se enfrentaban en el circo.

Debo mencionar por último otra película en la que el tema de los juegos era abordado de manera tangencial pero con notables consecuencias posteriores. Me refiero a La caída del imperio romano. Aunque la superproducción de Samuel Bronston intentaba trazar un cuadro del final del reinado de Marco Aurelio y el de Commodo y presentar cuestiones como la llegada de los bárbaros o el papel civilizador del imperio que ya habían sido desarrolladas previamente por otras obras, hacía referencia, por ejemplo, a la afición de Commodo por los juegos circenses, convertía en su padre verdadero a un entrenador de gladiadores y, finalmente, describía su muerte en el curso de un combate semi-gladiatorio. No estaba exenta de errores la exposición pero cuesta no ver en ella un antecedente directo de Gladiator con elementos de la visión cristiana. Sin embargo, para esa fecha, los juegos en la literatura y el cine estaban siendo objeto de una nueva visión.

II. Los juegos vistos desde la izquierda.

El hecho de que buena parte de los gladiadores no fueran hombres libres, de que tuvieran que combatir para diversión de otros y de que se hubieran rebelado ocasionalmente contra sus amos pretedeterminaba casi de manera forzosa a los combatientes del circo a convertirse en protagonistas de novelas de tesis con un sesgo izquierdista. En 1874, Raffaello Giovagnoli escribió un Espartaco de este cariz que, personalmente, conozco a través de una traducción rusa y que literariamente no es una pieza digna de destacar. Ya en el siglo XX, las dos grandes novelas sobre el gladiador rebelde se deberían a dos izquierdistas de pro: Arthur Koestler y Howard Fast. Sería Fast el llamado a tener una mayor popularidad dado que su novela sería llevada al cine. La novela de Fast a diferencia de la película tenía una sólida base histórica pero, sobre todo, constituía una magnífica narración en la que la derrota de los gladiadores quedaba inscrita en un supuesto camino del mundo hacia su liberación, algo lógico si se tiene en cuenta que el autor era miembro del partido comunista. Cinematográficamente, el resultado fue espectacular e históricamente pavoroso. El joven César, testigo del duelo mortal de Espartaco, o el Graco, partidario de la república contraria a la dictadura, constituyen verdaderas aberraciones en una obra donde el espectáculo y la propaganda política prima sobre cualquier otra consideración. La censura de la época llegó incluso a suprimir una escena de contenido homosexual que resultaba excesiva incluso para la izquierda. Con todo, para muchos el mundo de los gladiadores quedará para siempre vinculado a esta película.

El libro de Koestler, mucho menos conocido, es una novela excelente literariamente en la que se percibe el desengaño por las revoluciones que caracterizaría a este autor que perdió la fe en el comunismo en el curso de la guerra civil española. Koestler constata el fracaso de determinados procesos que no pueden evitar degenerar en derramamiento de sangre y apunta, en la línea de los profetas del Antiguo Testamento, a una esperanza que sólo podrá consumarse con la llegada del mesiánico Hijo del Hombre. En ese sentido, Koestler casi podría ser calificado de autor pre-cristiano a pesar de escribir con posterioridad a Wallace, Sinkiewicz o Wiseman.

III. Los juegos para consumo masivo: del peplum a Gladiator.

El mensaje izquierdista vinculado a la ficción sobre los juegos no se extendió más allá de Espartaco seguramente porque contaba con cauces más directos de propaganda en películas como Queimada o La batalla de Argel y, muy especialmente, porque la gente acude al cine fundamentalmente para entretenerse y no para ser adoctrinada. Durante los años sesenta, el enfoque cristiano persistió, como ya vimos, en Barrabás o La caída del imperio romano pero los gladiadores fueron también protagonistas de películas que, fundamentalmente, buscaban un entretenimiento fácil lo que explica, siquiera en parte, su carencia de calidad.

El peplum, un subgénero del cine italiano, se adentró así en personajes como Hércules, Maciste y - ¿cómo no? Espartaco. Así, en El hijo de Espartaco pretendía continuar la historia donde se había quedado en la película protagonizada por Kirk Douglass y Steve Reeves, el vástago del gladiador, finalmente vengaba a su padre obligando a Craso a beber oro derretido. La película que hizo las delicias del público infantil también sembró la angustia en los sueños del que esto escribe cuando recordaba como Craso arrojaba a un estanque de murenas a sus enemigos y éstos desaparecían devorados por los animalillos. No menos espectacular resultaba una cohorte de enanitos gladiadores que, al estilo del Bombero torero, mataban a sus rivales en el circo.

Otra película de este estilo fue Espartaco y los diez gladiadores (1964) que todavía se vende en las tiendas de videos de Estados Unidos.

Peplum también aunque basado en un clásico de Bulwer Lytton fue Los últimos días de Pompeya, también protagonizada por el inefable Steve Reeves. La película se tomaba notables libertades con la novela, convertía al griego Glauco en romano y finalizaba con un espectacular combate en el circo.

Entretener, entrenían pero ni que decir tiene que cinematográfica e históricamente las películas eran francamente malas.

Un resultado muy distinto es el conseguido por Gladiator (2000) la película que ha lanzado definitivamente al estrellato a Russel Crowe y que ha vuelto a popularizar los juegos. Aunque cinematográficamente Gladiator es una película de considerable interés no puede ocultarse su más que insuficiente base histórica. La escalofriante secuencia de combate de las legiones apenas tiene punto de contacto con la manera en que luchaba esta unidad y lo mismo puede decirse de las escenas de gladiadores en las que el espectáculo prima considerablemente con una reproducción medianamente ajustada de la lucha en el circo. Se trata de una circunstancia que podemos quizá disculpar porque el entretenimiento es notable.

Gladiator había sido precedida década y media antes por la que, a mi juicio, es la mejor versión televisiva del mundo del siglo I, quizá con la excepción de Yo, Claudio. Reconstruida sobre la base de fuentes tan dispares como el libro de los Hechos de los apóstoles o las obras de Suetonio y Tácito, A. D. reconstruía magníficamente el mundo de los años 30 a 60 del primer siglo y convertía en uno de sus protagonistas a un gladiador. Sus nueve horas de metraje constituyen desde luego una obra indispensable para aficionados a la Historia llevada a la pantalla por una vez con rigor y sin renunciar a la ficción.

Como conclusión debo hacer mención de la última novela que se ha publicado sobre los ludi y que y espero que disculparán mi inmodestia he escrito yo. Se trata de Los tres días del gladiador, una novela que describe la peripecia de dos gladiadores jóvenes en Aemerita Augusta. La obra es, por supuesto, un relato de ficción pero se mantiene dentro de unos límites de cuidada documentación histórica. A fín de cuentas, su autor está convencido de que la Historia no tiene porqué ser aburrida ni la novela histórica o cualquier otro relato de ficción inexacto.

Resumiendo pues todo lo anterior debemos reconocer que los ludi fueron un espectáculo de éxito en su día y en la medida en que caracterizaron a una sociedad estaban llamados a convertirse en ingrediente de obras de ficción posteriores en las que se pretendiera mostrar el cambio social y moral o simplemente entretener. Los resultados han sido ciertamente desiguales pero en no pocas ocasiones verdaderamente notables.