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SEMBLANZA DE LOS PROFESIONALES DE LOS ESPECTÁCULOS. DOCUMENTOS EN HISPANIA

Alberto CEBALLOS HORNERO. Universidad de Cantabria

Los restos arqueológicos e iconográficos reflejan la popularidad a lo ancho de toda Hispania de los ludi de raigambre romana a partir del siglo I a.C. y hasta época visigoda. Sin embargo, no se han conservado textos literarios que describan el ambiente de los días de fiesta en las ciudades hispanorromanas, por lo que para acercarnos a la realidad de sus protagonistas debemos recurrir a los epitafios de los profesionales que participaban en esos espectáculos (aurigas, gladiadores, actores, púgiles, etc.). Esta parcialidad de las fuentes limita nuestro conocimiento sobre ellos en cuanto a su extensión, dada la concentración de los hallazgos en las capitales provinciales, en cuanto a su cronología, al ser el Alto Imperio cuando era costumbre hacer constar en los epitafios la profesión y otras informaciones acerca de la vida del difunto, y en cuanto a su representatividad, en tanto que se trata en todos los casos de epitafios de grandes figuras, desconociendo, pues, la realidad de los profesionales que actuaban en compañías ambulantes (circulatores) por los municipios pequeños. En época imperial romana existirían al menos dos niveles de circuitos en la organización de ludi, tal y como distinguía la lex gladiatoria de Marco Aurelio hallada en Italica: por un lado, la actuación en las fortiores civitates de las grandes figuras a nivel imperial, y por otro lado, la actuación de pequeñas compañías itinerantes a nivel provincial en las tenuiores respublicae. Pues bien, los restos epigráficos hispanos en los que basamos esta ponencia se refieren a esas grandes figuras que o bien residían en Hispania o bien vinieron para actuar en algún espectáculo encontrando la muerte en esa ciudad.

El primer espectáculo de raigambre romana documentado en Hispania fue el munus funebre organizado por Publius Cornelius Scipio Africanus en el año 206 a.C. en Carthago Nova en honor de su padre y tío. Los gladiadores que intervinieron en él no fueron profesionales, sino indígenas hispanos que pelearon de forma voluntaria y gratuita en virtud de su devoción al general romano o para hacer una demostración de su valor. También en el funeral de Viriato se celebraron combates en su honor. Por tanto, podemos aceptar la existencia de una gladiatura funeraria indígena en la Hispania prerromana [Blázquez y Montero 1993]. No obstante, cuando los ludi se convirtieron en un espectáculo regular ofrecido desde el poder o la élite social a sus conciudadanos sus participantes eran profesionales formados en escuelas según patrones romanos.

Por término medio un auriga, actor, gladiador o púgil entraba en el oficio entre los 15-20 años, finalizando su carrera profesional en torno a los 40-45 años si es que antes no moría dada la alta peligrosidad del oficio. No obstante, una vez abandonado el profesionalismo el ex-artista podía seguir vinculado al mundo de los ludi como árbitro, entrenador o formando parte del negocio montado alrededor de la organización de los espectáculos (contratista, proveedor, etc.).

La condición del profesional de los espectáculos tenía en el Imperio Romano una doble valoración: por un lado, teniendo en cuenta el fervor que el pueblo en masa manifestaba hacia los ludi, sus figuras eran agasajadas y admiradas por miles de seguidores, e incluso se convirtieron en sex symbols dentro de la sociedad romana [Juvenal: Sátiras VI]; pero frente a este lado positivo, la ars ludicra era tenida por una ocupación infamis, limitándoseles a sus profesionales los derechos (por ejemplo, no podían acceder al decurionato ni ser soldados ni casarse con personas de rango senatorial). Los peor considerados eran los actores del teatro, quienes fueron equiparados con proxenetas y prostitutas, e incluso su asesinato a manos de un marido celoso no era delito [Digesto XLVIII 2,4]. Sin embargo, paralela a esta legislación que limitaba los derechos de los artistas de la escena y de la arena, también apareció una jurisprudencia que protegía a los esclavos-artistas y les concedía ciertos privilegios, en especial a los aurigas [Codex Iustinianus X 48,6 53,1 y 64,1 y XI 40,2-5]. Por tanto, cabe suponer que la infamia afectaría sobre todo a los miembros de familias ecuestres y senatoriales que renunciaban a su posición dentro de la sociedad para dedicarse a estos menesteres, y no a los esclavos especializados [Ducos 1990]. Por ello, la mayoría de los profesionales de los espectáculos procedían del ámbito servil o liberto, pero tras una brillante carrera era normal que se les concediese la libertad. En todo caso, esta condición jurídica disminuida no impedía que las figuras de los espectáculos lograsen amasar grandes riquezas. Tal fue el caso del auriga de origen lusitano Caius Appuleius Diocles, quien a su muerte a los 42 años había ganado en premios más de 35 millones de sestercios (cuando en esta época un buen salario anual era de 1.000 HS) [CIL VI 10048]. Ahora bien, también existían pobres profesionales que actuaban errantes por las ciudades malviviendo con el dinero que conseguían [Séneca: Epistulae 80,7; Petronio: Satiricon 45,11].

Las empresas lúdicas

Estos profesionales formaban parte de compañías especializadas en un espectáculo (carreras de carros, combates de gladiadores, teatro) las cuales eran contratadas por los editores de juegos. De este modo, los gladiadores se hallaban inscritos en familiae gladiatoriae, los aurigas en factiones circenses y los actores en greges scaenici. Tales empresas podían ser de propiedad estatal o privada.

El reclutamiento y formación de gladiadores en Hispania estaba en manos de un procurador imperial de rango ecuestre que a su vez tenía a su cargo las familiae gladiatoriae de las Galias, Germanias y Britania. Las provincias orientales estaban al mando de otra procuratela similar, e igualmente, las regiones de Italia. En cambio, para Norte Africa no hay constancia de la existencia de ninguna magistratura imperial dedicada a tal fin sino sólo de pequeñas compañías privadas (los Telegenii, Pentasii, etc.). En el cursus honorum de los caballeros dicha procuratela seguía al desempeño de mandos militares y precedía a las magistraturas financieras superiores. Conocemos a dos de estos procuradores de las familiae gladiatoriae occidentales, a quienes dedicaron sendas inscripciones en la pars Orientalis: Lucius Didius Marinus, quien antes había ejercido el mismo cargo en Oriente [AE 1911,4], y Caius Vibius Celer [AE 1996,1603]. Pero también existían escuelas gladiatorias municipales, caso de Pompeya, Praeneste, Este, Alejandría y Pérgamo. Mención aparte merecen los 4 equipos gladiatorios con sede en Roma (ludus Magnus, Matutinus, Dacicus y Gallicus) y los dos de Capua (ludus Iulianus y Neronianus) por su mayor radio de acción; de esta forma, en Hispania se han encontrado 5 epitafios de gladiadores del ludus Neronianus y 3 del Iulianus. Asimismo, como en Norte Africa, en el resto del Imperio también están constatadas pequeñas familiae gladiatoriae privadas de ámbito regional. En Hispania se conocen la de un tal Paullianus [CIL II2 7,363] y la de otro de cuyo nombre sólo se conservan las tres primeras letras: HER... [AE 1988,745], ambas en la Bética. Una última vía habitual de contratación de gladiadores es explicitada en la oratio italicense de Marco Aurelio antes citada, cual era la compra-venta entre editores de juegos de los profesionales una vez celebrados los ludi.

En cuanto a los juegos del circo, en Roma y durante la Antigüedad Tardía en Constantinopla las factiones dominaban su organización, pero también está documentada su presencia en ciudades provinciales; tal es el caso, por ejemplo, de Tarraco [CIL II 4315] y de Calagurris [Mayer 1998] en la península Ibérica. Por tanto, su ámbito de acción se extendería desde Roma a las grandes y medianas ciudades provinciales. En época alto-imperial había 4 grandes factiones, las cuales se definían por el color de la túnica de sus aurigas: albata (blanca), russata (roja), prasina (verde) y veneta (azul). Se discute si en las capitales provinciales las factiones dispondrían de delegaciones o alquilarían stabula equorum. En todo caso, teniendo en cuenta el elevado número de caballos requeridos para celebrar un día de juegos en el circo (varios centenares), el editor debía procurarse al margen de las factiones algunos ejemplares, tal como hizo en el año 399 el senador romano Quintus Aurelius Symmachus, quien para los juegos de la pretura de su hijo mandó cartas a conocidos hispanos suyos para que le consiguiesen un buen número de caballos de carreras [Blázquez 1990: 15-20].

Por contra, las compañías teatrales eran generalmente empresas pequeñas y privadas advocadas a Minerva y a Dioniso, e incluso las había que formaban parte de la servidumbre de algún personaje importante o del emperador. De hecho, a diferencia de lo que ocurría en la gladiatura o en el circo, no se conoce ninguna compañía teatral que actuase a nivel imperial sino solamente a nivel regional. Para Hispania no se ha conservado ningún nombre, pero en la Galia Narbonense, por ejemplo, se tiene constancia de la actuación del grex de un tal Eudoxus, del de los Asiaticiani y del dirigido por Memphus y Paris [CIL XII 737, 1929 y 3347]. Parecida situación se daba en lo concerniente a los púgiles, acróbatas y otros profesionales de espectáculos de menor popularidad.

Los editores de juegos contactaban para la celebración de espectáculos en sus ciudades con los negotiatores o locatores de estas empresas lúdicas. En las pequeñas compañías el lanista hacía también las veces de entrenador de gladiadores, y el dominus gregis de actor principal. Por contra, las grandes corporaciones tenían a su servicio un numeroso personal especializado, normalmente de condición esclava, tal que entrenadores (doctores), médicos y veterinarios, masajistas y sirvientes para las figuras, encargados de las armas, de los caballos y de las fieras para las venationes, cocineros, sastres, archiveros, animadores, pregoneros, etc. En este sentido, del ludus gladiatorius Hispanus se ha encontrado la lápida sepulcral de un archivero (tabularius) en Barcino [CIDER nº71]. Para algunos autores tal hallazgo evidencia que la sede del ludus Hispanianus se ubicaría en esta ciudad o en Tarraco, la capital provincial; sin embargo, dada la concentración de testimonios gladiatorios en Corduba e Italica es más probable que se localizase en alguna de estas ciudades de la Bética.

Por otro lado, teniendo en cuenta el alto número de participantes en un día de juegos, periodo mínimo de duración de unos ludi (10-30 parejas de gladiadores, 10-24 carreras de carros o varias representaciones escénicas, amén de acróbatas, músicos y demás profesionales que actuaban en los intermedios), era frecuente recurrir a amigos y conocidos para proveerse de algunos profesionales y animales de forma más económica [Símmaco: Epistulae VII 59]. Todos estos profesionales, animales y demás elementos necesarios para los espectáculos irían llegando paulatinamente a la ciudad donde se celebraban los juegos [Símmaco: Epistulae VI 33], instalándose en los locales habilitados en los edificios de espectáculos (anfiteatro, circo, palestra y teatro), donde se ejercitarían hasta el día de los juegos. Pero, asimismo, existían compañías itinerantes que organizaban a su riesgo juegos y cuyo salario dependía del éxito de sus funciones. Este sería el caso, por ejemplo, del actor trágico que en tiempos de Nerón arribó a la ciudad bética de Ipola y quien no tuvo nada de éxito al asustar su representación a los provincianos [Filóstrato: Vida de Apolonio de Tiana 5,9].

Profesionales del circo: aurigas y caballos de carreras

Los aurigas o agitatores eran los profesionales mejor valorados, contando con su séquito de aficionados incondicionales [Plinio: Naturalis Historia XXIX 9] y permitiéndoseles sus insolencias [Dión Casio: Historia Romana LXI 6]. En las carreras celebradas en Roma los premios habituales alcanzaban la cifra de los 60.000 HS, a lo que había que sumar los regalos que les entregaban sus admiradores, en especial el emperador. Sin embargo, en las provincias a tenor del dinero que costaba un día de ludi circenses (unos 2.500 HS) las ganancias serían menores, pero no así su popularidad. En este sentido, de las cuatro inscripciones sepulcrales de aurigas halladas hasta la fecha en la Península (ver figura nº1), la del campeón de la factio veneta Fuscus la erigieron sus admiradores tarraconenses (certi studiosi et bene amatores) con el objetivo de mantener viva la gloria alcanzada con sus victorias; lo mismo sucedió en los casos del tarraconense Eutyches y del conquense Aelius Hermeros; y en cuarto lugar, la lápida del emeritense Sabinianus está incompleta por lo que se desconoce el dedicante.

FIGURA nº 1: EPITAFIOS DE AURIGAS EN HISPANIA

Las carreras de carros habituales eran las de bigas y las de cuádrigas, aunque también se conocen otros tiros, de hasta 20 caballos, pero éstos serían de exhibición más que de competición. En todo caso, las carreras de cuádrigas eran las más seguidas, ya que las bigas solían ser conducidas por principiantes. La competición era a 7 vueltas (unos 5 kms de recorrido), durando apenas 10 minutos cada carrera, por lo que en un día se celebraban al menos una veintena de pruebas. Generalmente competía un carro por factio, pero también se disputaban pruebas con dos ó tres aurigas por cada bandería. Así, por ejemplo, de las 1.462 palmas que consiguió Diocles en las 4.257 carreras que disputó durante sus 24 años de profesional, 1.064 fueron en competiciones de un carro por factio, 347 en las de dos carros por factio, y 51 en las de tres. Sin embargo, en ninguno de los cuatro epitafios recuperados en Hispania se citan las victorias conseguidas, por lo que desconocemos su palmarés.

Eutyches murió a los 22 años, poco tiempo después de entrar en el equipo, de tal forma que, como reza su epitafio en verso el cual Piernavieja creía compuesto por el famoso poeta Marcial en uno de sus viajes a Tarraco, no había pasado del primer escalafón en su trayectoria profesional, el de conductor de carros tirados por dos caballos, aunque, según señalan los dueños de este esclavo que pusieron la lápida, ya osaba montar cuádrigas, prueba reina del circo. Thuillier a partir de este epitafio defiende que existía una diferencia semántica entre los términos auriga y agitator. Para este investigador francés el término agitator sólo se aplicaría a los conductores de cuádrigas laureados, tal que Fuscus ó Diocles, mientras que el de auriga sería un término genérico aplicado tanto a los bigarii, caso de Eutyches, como a los quadrigarii, caso de Sabinianus. Sin embargo, tal apreciación no es concluyente a tenor del uso sinónimo que se hacía de ambos vocablos en la epigrafía y literatura latinas.

Al igual que Eutyches, Aelius Hermeros murió joven, a los 23 años, por lo que tampoco habría obtenido muchas victorias, aunque también es cierto que el agitator africano Crescens a los 22 años ya había conseguido 47 primeros puestos en las 686 carreras que había disputado en Roma [CIL VI 10050]. Las carreras de carros eran unos de los espectáculos más peligrosos, dado que durante las competiciones se producían bastantes vuelcos de carros (naufragia), especialmente al dar las curvas (metae). Era una táctica de carrera habitual entre los aurigas realizar giros bruscos para cerrar el paso al carro precedente a fin de hacerlo frenar o desviarlo de la trayectoria para tomar la curva. Los aurigas llevaban las riendas sujetas alrededor de la cintura para poder manejarlas sólo con la mano izquierda, puesto que con la derecha empuñaban el látigo, por lo que iban provistos de un cuchillo en el cinto para en caso de vuelco cortar las riendas y así no verse arrastrado por los caballos. Además, iban revestidos con protecciones de cuero alrededor del torso, en las piernas y en la cabeza, ya que los carros de madera eran bastante frágiles (de unos 25-30 Kg de peso) quedando destrozados ante cualquier golpe dadas las velocidades que se alcanzaban (75 Km/h en las rectas y 35 Km/h en las curvas) [Junkelmann 2000: 100]. Pero pese a estas medidas de seguridad como vemos la mortalidad en el oficio era alta. No obstante, Eutyches murió de ardores que los médicos no supieron curar, no en las carreras.

Por contra, otros aurigas llegaron a rebasar la cuarentena de años, caso del emeritense Sabinianus. Pero lo más interesante del epitafio de este auriga es que presenta una redacción cristiana (requievit in pace). Por tanto, las críticas de la jerarquía de la Iglesia hacia estos profesionales de los espectáculos, a los cuales se les negaba la comunión (canon 62 del concilio de Elvira), no tenían una gran aplicación en la práctica. De hecho, las competiciones en el circo de Constantinopla perduraron hasta el siglo XII, sin que el cristianismo supusiese un freno para su esplendor [Cameron 1976]. No obstante, el mundo de las carreras estaba lleno de supersticiones [San Isidoro: Etymologiae XVIII 27-41]. Es más, los caballos solían portar entre sus arreos signa magica que les protegerían de los maleficios de los seguidores de la factio contraria. Incluso, según narra San Jerónimo, el asceta cristiano Hilarión fue requerido para que rociase con agua bendita a los corceles del ídolo Marnas para conseguir que ganasen la carrera [Vita Hilarionis XI 3-13].

En cuanto al status de estos profesionales, Eutyches era un esclavo; Aelius Hermeros era hijo de un esclavo municipal de la ciudad de Valeria, donde fue enterrado, pero teniendo en cuenta sus dua nomina habría sido manumitido por la gens de los Aelii acaso en recompensa por sus triunfos en el circo; en cambio, Fuscus al nominarse sólo por el cognomen probablemente se mantendría en la condición servil; y finalmente, Sabinianus posiblemente sería ciudadano pues vivió en época bajo-imperial cuando ya Caracalla había extendido la ciudadanía a todo el Imperio. En un principio los conductores de carros eran los señores, pero con el profesionalismo a partir del siglo V a.C. esclavos y libertos dominaron la pista. Sin embargo, como hemos expuesto esta baja condición jurídica no les restaba seguidores, contando cada uno de ellos con sus studiosi et amatores.

Las carreras de carros eran el espectáculo que más apasionaba a los romanos, arrastrando a verdaderas multitudes a los circos donde enloquecidamente animaban a los aurigas y caballos de su bandería favorita [Plinio: Epistulae IX 6]. También las factiones tenían entre sus empleados a hortatores y iubilatores encargados de animar en la pista a sus aurigas. Nica y vade son las expresiones de ánimo que más se gritarían, pues son las que aparecen en los mosaicos, lucernas y vasos conmemorativos de las carreras junto al nombre de los caballos y aurigas victoriosos. Con estas exhortaciones, por ejemplo, se alienta a los aurigas Paulus y Marcianus y a su caballo Inluminator en el mosaico de la domus de la calle Arzobispo Massana de Emerita, o a los aurigas Incitatus e Icarus en dos vasos de vidrio hallados en Emporiae [Darder 1988].

Tal era la afición que el comentar las competiciones del circo era un tema de conversación cotidiano [Marcial: Epigramas X 48,23]. De esta manera, en el alfar de La Maja (La Rioja) se produjo una serie de cerámicas para conmemorar los juegos circenses celebrados en Calagurris a inicios del siglo I donde compitieron Fronto por la factio albata, Blastus por la veneta, Incitatus por la prasina o la russata, y Thereus por la otra; cerámicas que han aparecido en diversos yacimientos del valle medio del Ebro (Viana y El Redal). Igualmente, ya hemos comentado que en Emporiae se han recuperado dos vasos de vidrio que animaban a los aurigas Incitatus e Icarus. Similares testimonios se han descubierto a lo ancho de todo el Imperio [VV.AA. 1998]. Por otra parte, en el teatro romano de Italica se conserva un grafito de varios caballitos donde se leen todavía los nombres de Marcianus y Filoctus que pudieran corresponder a aurigas victoriosos de esta ciudad [Canto 1986: 50]. También en una pared de la domus bajo-imperial emeritense de la calle Suárez Somonte se observan unos numerales junto a pinturas de aurigas victoriosos que algún autor interpreta como tanteos de las carreras disputadas en el circo de la ciudad [Nogales 2000: 74-75]. Y, asimismo, en la casa del Reloj de Sol de Baelo Claudia se ha encontrado un grafito de un equino junto con numerales y palabras indescifrables escritos a mano [HEp II nº256].

Un tema aparte son los mosaicos de tema circense donde se mencionan nombres de aurigas y caballos famosos. No todos los autores, en función de su cronología tardía, apoyan que tales decoraciones reflejen la perduración de competiciones circenses durante el Bajo Imperio, sino simplemente la continuidad de la idea del triunfo que evoca la composición del auriga vencedor. En este sentido, en las domus emeritenses de la calle Suárez Somonte y de la calle Holguín esta decoración aparece vinculada con la del cazador que abate a su presa que redunda en este significado de triunfo. No obstante, la mayoría de los historiadores defiende que tales nombres corresponden a agitatores y caballos reales, aunque se dividen entre los que creen que tales personajes serían ídolos a nivel imperial y los que creen que serían figuras que habrían participado en carreras celebradas en la ciudad o en las villas rurales donde se ubican los pavimentos. Alrededor de una treintena de mosaicos y pinturas decorados con temas circenses se han descubierto hasta la fecha en Hispania; de ellos una decena presenta inscripciones. Los nombres de los aurigas allí citados son: Calimorfus, Filoromus, Incitatus, Limenius, Marcianus, Mascel, Paulus, Torax y Victor. Y en cuanto a los caballos: Arpastus, Botrocales, Delius, Eridanus, Eufrata, Euplium, Eustolus, Famosus, Hiberus, Hiems, Inacus, Inluminator, Iscolasticus, Ispumeus, Leneus, Lenobatis, Lucxuriosus, Narcissus, Notus, Pantaracus, Patinicus, Pelops, Polystefanus, Pyripinus, Regnator, Tagus y Victor. La mayoría de los nombres de estos caballos de carreras se relacionan etimológicamente con la velocidad, la destreza, la victoria y el aspecto o carácter del equino [Darder 1996].

Los caballos de la Península eran célebres por su velocidad, esto es, idóneos para el circo [Vegecio: Mulomedicina III 6,4]. De este modo, Symmachus adquirió la mayoría de los caballos para los juegos de la pretura de su hijo en Hispania, ya que eran muy estimados por el público romano en especial los criados por los Laudiciani [Símmaco: Epistulae IV 63]. La abundancia de testimonios ligados a la cría caballar evidencia que era una actividad importante en Hispania [Blázquez 1990: 11-46]. Los corceles eran entrenados en los trigaria a partir de los tres años de edad para introducirlos en la competición al cumplir los cinco. Los rasgos de un buen caballo de carreras eran: cabeza y orejas pequeñas y derechas, fosas nasales despejadas, crines largas y fornidas, frente y pecho anchos, vientre magro, grupa robusta, y pezuñas fuertes ya que no usaban herraduras. Aparte de los latifundistas a los que se dirigió Symmachus en torno al año 400 (los hispanos Euphrasius, Helpidius, Melania, Perpetuus, Sallustius y Stilicho, y los probablemente hispanos Aemilianus, Bassus, Flavianus, Longinianus, Marcellus, Messala, Patruinus, Pompeia y Vincentius), la epigrafía peninsular documenta otros criadores de caballos de carreras: Amor en Dueñas (Palencia), Concordus y Nicetus en Barcino, Getulus en Emerita y Rusticus en Tarraco. Asimismo, algunos corceles representados en mosaicos circenses portan marcas de ganadería anepigráficas, caso de una palma y de una especie de cerdo en la villa de Torre de Palma (Portugal), de un skiphos en los mosaicos emeritenses de la calle Arzobispo Massana y de la calle Holguín, o de un círculo radiado en Torrox.

Los caballos circenses, al igual que sus aurigas, eran laureados. Sus premios consistían en la palma triunfal y en modii de cebada. Las actas de las factiones y los aficionados recogían los resultados de cada agitator y de cada corcel, en especial del funalis, caballo situado más a la izquierda en las cuádrigas y del que dependía el giro, maniobra más peligrosa en las carreras de carros. En este contexto, algunos autores han querido ver en una lucerna emeritense de bronce decorada con un caballo de nombre Victor y el numeral «CCCCX» un recordatorio de la victoria nº410 de este corcel que ganó 429 concursos conducido por el auriga Publius Aelius Gutta Calpurnianus [Nogales 2000: 77]. Un caballo que alcanzaba el centenar de triunfos era muy apreciado, concediéndosele el título honorífico de centenarius y recompensándole con un buen retiro en el campo al abandonar la competición [Ovidio: Tristia IV 8,1]. Los caballos victoriosos eran muy cuidados, pues sus crías también adquirían gran valor económico [Columela: De Re Rustica III 9,5]. Sin embargo, el numeral de la lucerna emeritense bien pudiera ser una simple marca de producción o de propiedad. Otra lucerna decorada con un caballo en la que consta un nombre, Profugus, se ha encontrado en Clunia [HEp II nº185-m]. Por último, en época bajo-imperial abundan en Hispania las piezas de atalaje equino que presentan imágenes de caballos; en una de ellas se representa junto a hojas de yedra (símbolo de la victoria agonística al igual que la palma) al caballo Tagus [Blázquez 1990: 26]. Esta profusión de testimonios confirma la importancia de la cría caballar en la Península ya constatada desde época prerromana.

Profesionales del anfiteatro: gladiadores y bestiarios

Igual de deseados que los ludi circenses eran los combates gladiatorios, aunque estos últimos eran menos organizados debido a su mayor coste. Se conocen más de una quincena de armaturae gladiatorias, las cuales se distinguían por sus armas de ataque. La vestimenta básica de un gladiador constaba de un calzón corto (subligaculum) sujetado con un ancho cinturón (balteus) que protegía el bajo vientre de los golpes, más protecciones de cuero y refuerzos de metal en las extremidades: un casco pesado (de 4 Kg, el doble que el de un legionario) con un visor que protegía la cara, manicae en los brazos, en especial en el derecho ya que el izquierdo se protegía con el escudo, y fasciae y ocreae en las piernas. Las protecciones metálicas iban sujetas sobre acolchados de lana para no producir heridas en los combatientes. Todo este equipo junto con el escudo y las armas de ataque (espada y lanza) llegaba a pesar 20 kilos [Junkelmann 2000: 40].

Las parejas que se enfrentaban normalmente eran el murmillo o samnes contra el traex o el hoplomachus, y el secutor o contraretiarius contra el retiarius. De este modo, son los tipos que aparecen habitualmente en las decoraciones de tema gladiatorio. El murmillo, que luego derivará en el samnes, se protegía y empujaba al oponente con un scutum grande y rectangular (de unos 100x65 cm y 10 Kg de peso) y atacaba con el gladius Hispanensis. El traex se caracterizaba por su escudo pequeño (parma) y cuadrangular (60 cm de lado y menos 3 Kg de peso), por la sica (espada curva), y por llevar fasciae metálicas en ambas piernas. El hoplomachus era un tipo muy parecido al anterior ya que portaba las mismas protecciones pesadas (10 Kg) en las piernas y la parma, aunque circular, pero atacaba con una lanza (hasta). El retiarius, a diferencia de los anteriores, era un gladiador ligero, con menos protecciones, de tal manera que en muchas ocasiones no llevaba ni siquiera casco ni escudo. Sus armas de ataque eran un tridente, una daga y una red de unos 3 metros (iaculum) con la que intentaba mantener apartado al contrincante y hacerle caer para darle el golpe definitivo con el tridente. Ante la falta de protecciones el retiarius llevaba la manica en su brazo izquierdo prolongándose ésta en un galerus de metal por encima del hombro para defender la cabeza de los ataques laterales. Por último, el secutor y el contraretiarius eran una variante del murmillo para enfrentarse contra el retiarius, siendo la principal diferencia con aquél el casco, que era más compacto para evitar las poderosas embestidas del tridente.

Otros tipos conocidos, pero menos habituales en los espectáculos, eran: el provocator, que llevaba una armadura pesada (lorica) y espada larga (spatha); el eques, jinete a caballo con lanza y espada; el essedarius, gladiador de origen britano que atacaba con una jabalina montado en un carro guiado por un auriga; el veles, infante con hasta; el dimachaerus, que luchaba con dos espadas; la andabata, que combatía a ciegas cubierto por una malla metálica; el sagittarius o arquero; el laquearius, parecido al retiarius pero en vez de una red se protegía con un lazo con el que atrapaba al contrincante; etc. Estos gladiadores dados sus rasgos solían combatir contra otro de su misma armatura.

En Hispania se han recuperado hasta la fecha una veintena de epitafios de gladiadores, de los cuales 9 son murmillones, dos de ellos especializados en la lucha contra el retiarius, un samnes, cuatro traeces, un hoplomachus, un retiarius, un secutor, y un essedarius. No obstante, en la inscripción del traex Sagitta algunos autores interpretan en vez del nombre el inusual tipo del sagittarius. Por otro lado, aparte de los gladiadores citados en la figura nº2, algunos investigadores también incluyen a tres luchadores cordobeses más, Triumphalis, Alipus y Amabilis [CIL II2 366 y 354], pero dicha identificación no es segura. Y, asimismo, García y Bellido y Piernavieja veían en un ara dedicada a Nemesis en el anfiteatro de Tarraco la improbable mención de un essedarius (más bien parece la mención de un tal Messius) [RIT 46].

FIGURA nº 2: EPITAFIOS DE GLADIADORES EN HISPANIA

En cuanto a la adscripción de los gladiadores, dominan como se aprecia en la figura nº2 los equipos imperiales formados en la ciudad italiana de Capua, el ludus Iulianus y el Neronianus. No obstante, también está presente el ludus Hispanianus, al que podrían pertenecer asimismo los gladiadores que no indican su familia gladiatoria. Igualmente, el essedarius del ludus Gallicianus podría relacionarse con el ludus Hispanianus, pues como hemos comentado Hispania, Galia, Britania y Germania estaban bajo el mando de una misma procuratela imperial en lo referente al reclutamiento y formación de gladiadores. Además, el tabularius cuya lápida se encontró en Barcino era archivero tanto del ludus Hispanianus como del Gallicianus. Dicho ludus probablemente tendría su sede en Corduba, ya que de la capital de la Bética proceden el 80% de los epitafios de gladiadores descubiertos en Hispania, siendo además la segunda ciudad, tras Roma, que más lápidas de este tipo concentra. Pero también se ha planteado que dicha concentración de epitafios gladiatorios en Corduba, todos de similares rasgos epigráficos y cronología antoniniana, responda a que estas figuras hubiesen acudido a la capital bética con motivo de unos festejos excepcionales tal que por la coronación del primer emperador de origen hispano, Trajano [CIDER p.221]. Por último, posiblemente Paullianus sería un lanista bético que actuaría con su pequeña familia gladiatoria en la zona.

En Pompeya se ha identificado arqueológicamente una de estas escuelas gladiatorias. Se componía de un patio central de 56x45 m, donde se entrenarían los luchadores, rodeado por las habitaciones de éstos, de unos 15-20 m2 cada una, y por las demás dependencias (armamentarium, cocina, enfermería, etc.). Los gladiadores recibían la instrucción de manos de doctores especializados en cada armatura, quienes con frecuencia eran antiguos combatientes. En Corduba se ha recuperado la lápida de un posible entrenador de retiarii de nombre Cursor (aunque también es posible pero menos probable que cursor fuera su oficio, esto es, un esclavo del correo imperial), quien seguramente pertenecería al ludus Hispanianus [CIL II2 7,360]. Se desconoce la duración del periodo de formación que debían pasar los luchadores antes de combatir en la arena, así como la forma de elección de la armatura. En todo caso, cada hombre estaba especializado en un tipo de armatura que no solía cambiar a lo largo de su vida.

En estas escuelas los gladiadores llevaban una vida aceptable, disfrutando de abundante comida y de los cuidados de los empleados del ludus. Además, se entrenaban con muñecos de paja y armas de madera. Ahora bien, dentro del ludus reinaba una disciplina de tipo militar, ordenándose jerárquicamente los gladiadores en función del número de victorias (desde el primuspalus o gran campeón hasta el tiro o novato). Esta rígida disciplina, que sería mayor con los que estaban allí por condena (damnati ad ludum), en ocasiones derivó en amotinamientos o fugas, como la capitaneada por Spartacus en el año 73 a.C. en la escuela de Lentulus Battiatus, y también en el suicidio de algunos de ellos [Séneca: Epistulae 70]. En todo caso, dicha disciplina no era incompatible con la vida familiar. De hecho, por lo general los gladiadores convivían con su mujer y tenían hijos, tal como se aprecia por las dedicatorias de sus epitafios. En la mitad de los casos fue la mujer, a veces junto con la familia más cercana (por ejemplo, Bassus y Satur eran hermanos), quien costeó la lápida sepulcral. Igualmente, las familiae gladiatoriae eran una especie de corporaciones que solían hacerse cargo del funeral de sus miembros. De este modo, aparecen como dedicantes en la otra mitad de los epitafios.

La epístola nº7 de Séneca en la que informaba a Lucilius acerca de los espectáculos del mediodía del anfiteatro (meridiani) en los que se ejecutaba a los condenados (noxii), y sobre todo la postura crítica de los apologistas cristianos frente a los ludi y a la tortura de los noxii, produjeron una visión fatídica de la vida de los gladiadores, consolidada posteriormente en el Romanticismo y en las películas cinematográficas del siglo XX. Sin embargo, aunque dura hemos de rebajar la visión sanguinaria de la vida de los luchadores. De este modo, los combates generalmente no terminaban con la muerte del vencido. Y aunque era bastante raro que se hiciese constar en el epitafio de los gladiadores el número de combates perdidos (missi) o declarados empate (stantes missi) [ILS 5113], esto no quiere decir que la derrota llevase aparejada la muerte.

Los gladiadores por lo general se enfrentaban por parejas (raramente en grupo) al son de la música y sujetos a unas reglas, controlados a pie de pista por un árbitro principal (summa rudis) y su ayudante (secunda rudis). Los árbitros provistos de una vara o látigo azuzaban a los gladiadores que realizaban golpes prohibidos y también a los que eran poco combativos [Quintiliano: Declamationes IX 6]. En Hispania se conoce a uno de estos árbitros cuyo nombre, Hermes, denota seguramente que se trataba de un antiguo gladiador, el cual pertenecía a un tal Her... cuyo equipo actuaría en la Bética, ya que la lápida se encontró en Detumo [AE 1988,745]. Además, el público conocía las tácticas de ataque de cada armatura y se las gritaba a los contendientes [San Jerónimo: Epistulae 48,12], por lo que esperaría ver combates limpios.

Las tácticas de ataque se concentraban en el torso, única parte del cuerpo junto con los pies que iba desnuda. Los golpes de las armas ocasionaban heridas pero no la muerte. La decisión final sobre la vida o muerte del vencido recaía en el presidente de los juegos atendiendo a la opinión del público. No obstante, las figuras tenían sus seguidores, por lo que es improbable que pidiesen su ejecución en caso de pérdida; incluso eran suspirium puellarum [ILS 5142] (las cicatrices sufridas en los combates constituían en época imperial romana un signo de valentía y virilidad [Digesto III 1,1,6]). De hecho, el público a menudo pedía la missio de los gladiadores [Marcial: De Spectaculis 29,3]; pero también gritaba que los matasen [Séneca: De ira I 2,5]. Además, un gladiador costaba mucho formarlo al lanista y comprarlo al editor (en este sentido, el jurista del siglo II Gayo [Institutiones III 146] establecía que si el gladiador sobrevivía al combate el munerarius pagaría 80 HS en concepto de alquiler al lanista, pero si moría 2.000 HS al ejecutarse la compra). Por tanto, sería normal que los gladiadores sufriesen varias derrotas antes de morir, y bastantes llegaban a viejos, tal que Pudens y Bassus, y acaso también Simplex, quienes se declaran liberati, esto es, que han finalizado el contrato que ponía su vida en manos del lanista, por lo que superarían la cuarentena de años. Ahora bien, su tasa de mortalidad, al igual que en el resto de profesionales de los espectáculos, era elevada. En este sentido, la edad media de defunción de los gladiadores se sitúa en torno a los 27 años, en los que no suelen alcanzar las 20 palmas. Ahora bien, en las inscripciones funerarias se aprecia que por término medio los gladiadores vivían más años que los aurigas aunque lograban muchas menos victorias que éstos [Balil 1966]. Ello se explica en parte por la peligrosidad de los naufragia y porque los gladiadores participarían en menos competiciones por año que los aurigas. En este sentido, Epidecto [Dissertationes I 29,37] aludía a los ruegos de los que eran poco contratados para combatir. E igualmente, Cicerón afirmaba que era difícil que un gladiador lograse 6 palmas en Roma [Philippicae XI 11].

La mitad de los gladiadores documentados en la Península eran originarios de fuera de ella, destacando, al igual que sucede en el resto de las provincias occidentales, los que procedían de la pars Orientalis [Perea 1995]. Dicha diversidad de procedencia confirma la unidad de tránsito que suponía el Imperio Romano y además que Hispania estaba dentro de los circuitos de las grandes compañías. La gladiatura caló pronto entre los hispanos, acaso por los precedentes prerromanos, organizándose de forma regular en las ciudades peninsulares munera gladiatorum desde el siglo I a.C. Se conocen cinco gladiadores de origen hispano: el referido traex Sagitta de Corduba; el traex Quintus Vettius Gracilis que murió en Nîmes a los 25 años tras haber conseguido 3 coronas [Vismara y Caldelli 2001: nº13]; el retiarius primuspalus Marcus Vlpius Aracinthus natural de Palencia que luchó al servicio imperial 11 veces en Roma y falleció a los 34 años [Sabbatini 1988: nº85]; un Baeticus que combatió en Pompeya [Fora 1996: nº43]; y acaso también el murmillo oiplomaca Smaradigus muerto en Brescia, quien para la mayor parte de autores era originario de Gades mientras que otros defienden una lectura distinta del epitafio [Gregori 1989: nº41].

En cuanto al status de los gladiadores, algunos portan tria nomina por lo que serían ciudadanos metidos voluntariamente en el oficio (auctorati), pero la mayoría se identifica sólo por un cognomen. Era costumbre entre los profesionales adoptar un apodo de guerra que con frecuencia estaba vinculado etimológicamente con la mitología (Hermes), con la suerte (Faustus), con una cualidad física (Ampliatus) o moral (Amandus, Probus), con piedras preciosas (Smaragdus) o con nacionalidades (Germanus, Baeticus) [Ville 1981: 308-10]. Además, los apodos de las grandes figuras eran adoptados posteriormente por los nuevos luchadores, caso por ejemplo de Hermes que se repite por todo el Imperio. Por ello, el nominarse únicamente por el cognomen no tiene por qué indicar un origen servil. De este modo, tanto Probus como Bassus, así como los dos gladiadores sepultados en Emerita, estaban casados con mujeres libres (con dua nomina). Ahora bien, dada su condición jurídica disminuida, cuando tenían hijos éstos adquirían el nomen familiar de la madre; por ejemplo, el hijo de Probus y Volumnia Sperata se llamó Publius Volumnius Vitalis. Así pues, abundaban los gladiadores auctorati atraídos por la fama y el salario [Tertuliano: Ad Martyras 5]; de hecho, los noxii en muchos casos eran desviados de la arena para ser empleados en trabajos municipales [Plinio: Epistulae X 31]. Pero esclavos y libertos serían los predominantes entre los gladiadores; ésta era la condición de Amandus, Faustus, Sagitta y posiblemente de Simplex.

En todo caso, además de la palma triunfal y en los casos de victorias brillantes de una corona (éste fue el caso de Bassus quien ganó una palma y una corona), tanto eslavos como auctorati percibían un salario por pelear, salario cifrado por la lex gladiatoria de Marco Aurelio respectivamente en el 20 y 25% de lo que embolsaba el lanista por ellos. Esta lex establecía diferentes precios según la mayor o menor categoría del espectáculo y del gladiador, variando lo que podía cobrar el lanista entre los 1.000 sestercios por la venta del gladiador más barato (gregarius) y los 15.000 HS por el summus et formonsus gladiador. Además, con la finalidad de reducir los elevados costos que alcanzaba la organización de los munera gladiatoria en las grandes ciudades la lex obligaba a que la mitad de los combatientes de cada espectáculo fuesen gregarii [CIL II 6278].

Los gladiadores eran profesionales bastantes valorados por el público. De este modo, era normal que durante la cena libera que precedía a la competición sus admiradores les regalasen obsequios de gran valor. Si en el circo el público se dividía por banderías, en los anfiteatros lo hacían por tipos de armas. De este modo, se distinguía entre los que apoyaban a los scutarii (con escudo grande) y los partidarios de los parmularii (con escudo pequeño). Además, las grandes figuras eran conocidas a nivel imperial, produciéndose en serie objetos de uso cotidiano con sus nombres. Este es el caso del samnes Pardus o del traex Senilius representados en navajas encontradas en Paredes de Nava, Emporiae e Italica, pero también en otras provincias del Imperio [Storch 1990]. Igualmente, un vaso de vidrio recuperado en Vareia estaba dedicado al gladiador Alba [Andrés y Tirado 1991: 23], otro de Emporiae a los luchadores Hermes y Favor [Darder 1988], y un fragmento del Museo de Zaragoza al célebre gladiador Hories, vaso en cuya parte no conservada también se citaría a los no menos conocidos a nivel imperial Petraites, Prudens, Proculus, Cocumbus, Spiculus, Columbus y Calamus puesto que se conocen más de una cuarentena de ejemplares similares repartidos por Galia, Germania y Britania [VV.AA. 1998]. También en lucernas de producción local se encuentran grafitos con nombres de gladiadores famosos en la zona, caso de Spiculus en Conimbriga [VV.AA. 1976: nº157]. Además, Morillo [1999: 206] identifica a Sabinus y Popillius, quienes firman una lucerna decorada con un combate gladiatorio hallada en Pisoraca, con un traex y un hoplomachus respectivamente. Pero dicha identificación no es segura; más bien parecen los nombres de los alfareros o de los propietarios de la pieza.

Por otra parte, los munera gladiatoria solían incluir en su programa matutino venationes. Éstas podían ser de cinco tipos: exhibición de animales exóticos; cacería con perros; enfrentamiento de un bestiarius contra una fiera salvaje; combate entre dos bestias feroces; o ajusticiamiento de condenados ad bestias. Los venatores del anfiteatro no eran tan apreciados como los gladiadores, de tal forma que apenas se conservan epitafios referidos a ellos. En Hispania sólo están documentados unos harenarii que trabajarían en el anfiteatro de Italica, los cuales aparecen como dedicantes de la lápida sepulcral de un insignarius. El apelativo de arenarius se podía aplicar tanto a los esclavos encargados del mantenimiento de la arena del anfiteatro y del circo como a los bestiarii. Y en cuanto al oficio de insignarius, en este caso se referiría al responsable de cuidar o proveer las armas a estos venatores del anfiteatro más que al soldado que portaba las insignias [HEp V nº730]. Por otra parte, tanto García y Bellido como Piernavieja creían que Nummius Didymus, por cuya salud dos personas consagraron un ara a Nemesis en el anfiteatro de Tarraco, debía ser identificado con un bestiarius, en tanto que el sacellum donde se encontró el ara estaba decorado con una pintura donde se representaba a un oso y un venator [CIDER nº73]. Gladiadores y bestiarios, al igual que los aurigas, eran personas bastantes supersticiosas. Nemesis era la protectora de la mayoría de los anfiteatros de la pars Occidentalis en su calidad de diosa de la venganza justiciera [Fortea 1994]. En Hispania han aparecido ex-votos consagrados a esta divinidad en los anfiteatros de Italica, Tarraco y Emerita. La pasión que despertaban los ludi gladiatorum provocaba que algunos invocasen a espíritus para interferir en el resultado; así, por ejemplo, en una tabella defixionis hallada en el anfiteatro de Cartago se invocaba a ________, demon que actuaba según se dice en Hispania y África [Audollent 1967: nº250]. Sin embargo, Nemesis no era una diosa infalible que procurara siempre el triunfo a quien lo mereciese, tal como se lamentaba la esposa de un gladiador muerto en el anfiteatro de Verona [ILS 5121]. En todo caso, dicho Nummius Didymus podría ser asimismo un gladiador o simplemente alguien sobre el que pendía un peligro, y no necesariamente un bestiarius.

Otros profesionales que se relacionan con venationes celebradas en Hispania son dos posibles proveedores de fieras para anfiteatro: un circumgestator de Carthago Nova [CIL II 3442] y un possessor leopardorum que mercadeaba por el Guadalquivir y quien dedicó una barquita de arcilla al genius Bubalix en Canama [CIL II 6328]. Pero ambas profesiones son de interpretación dudosa. Los animales más frecuentes en las venationes anfiteatrales eran las fieras africanas (leones, panteras, etc.), los osos, los toros y los herbívoros de la región, en Hispania jabalíes y cérvidos. Las fieras africanas eran bastante caras de contratar dados los altos costos del transporte marítimo y terrestre (a lo que había que sumar el 25% por tasas comerciales [Digesto XXIX 4,16,7]), llegando a alcanzar los 150.000 HS el precio de un león y 100.000 HS el de un leopardo [CIL III p.801-41]. Además, el largo viaje determinaba que muchos animales llegasen moribundos [Símmaco: Epistulae II 76]. Sin embargo, esto no mermó su caza regular hasta provocar incluso su casi extinción en ciertas regiones [Estrabón: Geografía II 131]. Pero es que los cazadores de estas regiones vivían de la venta de sus presas a los anfiteatros. Además, había soldados encargados en esta tarea en las legiones romanas; tal era el caso de los llamados ursarii (cazadores de osos) en Germania [Vismara y Caldelli 2000: nº48-52]. Sin embargo, los testimonios de los venatores legionis de las cohortes asentadas en el Noroeste peninsular parecen vincularse más bien con la afición a la caza entre los mandos militares y a la alimentación de la tropa que con la provisión de anfiteatros [CIL II 2660; AE 1998,766].

Profesionales del teatro: actores y dramaturgos

A lo largo de su historia Roma conoció el desarrollo y ocaso de distintos géneros teatrales. Heredó de Grecia la tragoedia y la comoedia, las cuales dejaron de escribirse en el siglo I a.C. aunque persistió la representación de las viejas obras. Por la misma época floreció un nuevo género que también desapareció con el Imperio, la atellana, una especie de polichinela con 4 personajes fijos: Manducus o Dossenus el jorobado astuto, Pappus el viejo bobalicón lujurioso, Maccus el glotón estúpido, y Buccus el tragón bocazas. En cambio, los tiempos imperiales estuvieron dominados por el mimus y por la pantomima, géneros populares caracterizados por lo burlesco y lo grosero. El mimo caricaturizaba situaciones de la vida cotidiana, en especial el adulterio de las esposas [Ovidio: Tristia II 497], y los asuntos relevantes del momento, de tal forma que Cicerón [Epistulae ad Atticum XIV 3] acudía al teatro con el fin de sondear la opinión popular sobre esos temas. Y la pantomima, género de creación romana a partir de la unión de la mímica, la danza (saltatio) y la declamación lírica (canticum), continuó los temas mitológicos de la tragedia pero desde una perspectiva más escabrosa, esto es, centrándose en los incestos, asesinatos, etc.

Las compañías teatrales constaban por lo general de un número pequeño de profesionales, por lo que los actores debían representar varios papeles en las obras. Las máscaras, los postizos y el vestuario ayudaban a tal situación. De hecho, la tragedia griega estaba escrita para poder ser representada únicamente con tres actores. No obstante, esto no implica que no hubiese una jerarquización dentro de la compañía. De esta forma, se distinguía entre el actor principal, el secundario y hasta el 4º actor [CIL XIV 4198]. Entre esos actores secundarios destaca el que hacía de estúpido en las funciones. Los actores solían estar especializados en un único género teatral, por lo que la compañía también. Existían escuelas a nivel local que los formaban en la pronuntiatio y la actio, debiendo someterse a ejercicios y dietas regulares al igual que los deportistas. Por otra parte, en cuanto a la presencia femenina, el mimo y posteriormente la pantomima fueron los únicos espectáculos donde actuaban regularmente mujeres. También se conocen mujeres-gladiadores, pero eran una excepción.

En Hispania se han descubierto cuatro inscripciones de profesionales del teatro: tres actores y un mimógrafo (ver figura nº3). Las representaciones escénicas romanas combinaban danza, canto y música; de ahí la variedad de profesionales que actuaban. Así, los tres actores hispanos conocidos estaban especializados cada uno en un género distinto. Se tratan de una secunda mima, a la que le dedicaron el epitafio probablemente otros dos miembros del grex teatral que tienen nombres orientales (Solemnis y Halyus); de un exodiarius, actor que ejecutaba un canto corto, normalmente una farsa, en los intermedios o al final de la obra; y en tercer lugar, de un lyricarius, artista especializado en declamar composiciones líricas al son de una lira.

FIGURA nº 3: ARTISTAS TEATRALES EN HISPANIA

Los escritores de piezas teatrales también formaban parte del grex scaenicus. Los poetas vendían sus obras a las compañías o a los editores de juegos [Ovidio: Tristia II 507], pero sólo los grandes autores como Plauto, Terencio o Laberio lograban vivir holgadamente puesto que no se cobraban derechos de autor. Por ello, la mayoría de dramaturgos estaría al servicio de las compañías. Los greges scaenici debían disponer de un amplio repertorio de piezas, pues se les contrataba como mínimo para ofrecer un día entero de espectáculos en el teatro. En Hispania se conoce a un mimographus que consagró un ara a la diosa Tutela en Tarraco en época severiana, quien por su nombre (Aemilius Severianus) sería ciudadano. En cambio, los actores por lo general eran esclavos o libertos, o bien libres de origen oriental, ya que en esta parte del Imperio era un oficio más apreciado, siendo incluso objeto de honores. Los escritores de mimos, a diferencia de los comediógrafos, no escribían con detalle las piezas, sino que se limitaban a trazar y secuenciar episodios cómicos a partir de personajes populares habituales (artesanos y tenderos urbanos, rústicos, ancianos, extranjeros estereotipados, etc.), dejando lugar a la improvisación y revisión de la obra en cada actuación [Cicerón: Pro Caelio 27].

De ninguno de estos artistas citados consta la edad de defunción. No obstante, en los epitafios descubiertos en Roma [CIL VI 10110-10144] se aprecia que muchos de ellos morían entre los 10-20 años, siendo su edad media de defunción inferior a la de aurigas y gladiadores, por lo que la profesión teatral era tanto o más dura que las anteriores a pesar de la ausencia de armas. Sin embargo, en Roma los actores eran los profesionales más criticados, tachándoles de inmorales y zafios, dados los temas de las obras y porque cantar y danzar en público era tenido por poco refinado. Ahora bien, los pantomimi eran considerados los actores más completos y virtuosos del teatro romano, por lo que no eran tan denigrados como los mimos. En todo caso, su salario era exiguo, excepción hecha de las vedettes [Macrobio: Saturnalia III 14,13-14], por lo que la celebración de unos ludi scaenici no era muy costosa, siendo por ello el espectáculo urbano de masas más organizado [CIL I2 p.254-79]. Ahora bien, los ciudadanos preferían los ludi gladiatorum, circenses o pugilum antes que los scaenici [Terencio: Hecyra 25-34].

Profesionales de la palestra: los púgiles

En la pars Occidentalis los certamina athletarum no gozaron de gran fervor de tal manera que, a excepción de los ludi pugilum, sólo en contadas ciudades se organizaron de forma regular, caso de Vienne (Galia) y Roma [Plinio: Epistulae IV 22]. Tanto en Grecia como en Roma se practicaban tres tipos de combates de púgiles: la lucta, el pugilatus y el pancratium, parangonables con los actuales lucha grecorromana, boxeo y catch respectivamente salvo que no había límite de tiempo ni división en asaltos, sino que el combate duraba hasta que un púgil se retiraba (levantando el brazo y el dedo índice) o el otro era proclamado vencedor por el árbitro, ni tampoco se establecían categorías según pesos, sino que sólo se diferenciaba a lo sumo entre jóvenes y adultos (quedaban emparejados los púgiles que sacasen la ficha con la misma letra de la vasija) [García Romero 1992: 310-44]. Tales eventos solían celebrarse en la palaestra, patio anexo a las termas, y también en el foro, circo o anfiteatro; siempre al aire libre.

El tratado Sobre la Gimnástica de Filóstrato (autor del siglo II) es la principal fuente literaria para conocer el atletismo y las pruebas de púgiles en Roma. La lucta era la disciplina más completa y menos peligrosa, al constar únicamente de presas y llaves. Por el contrario, el pugilatus era la modalidad más violenta debido al uso de caestus, guantes con refuerzos de cuero o metal (strophion) sobre los nudillos, y a la ausencia de protecciones (sólo vestían un calzón o subligaculum, una banda en la frente o taenia y un moño o cirrus); los golpes se concentraban en la cabeza del rival, de tal manera que las representaciones de boxeadores, tal que la figurilla de bronce emeritense del Cerro El Calvario, presentan nariz achatada, orejas deformadas, ojos abultados, dientes rotos y cicatrices en mentón y cejas. En tercer lugar, el pancratium era una mezcla entre la lucha y el pugilato donde estaba permitido todo, incluso patadas en los genitales, salvo morder y meter el dedo en el ojo del oponente; sin embargo, era considerado menos peligroso y dañino que el boxeo en tanto que no se usaban caestus. En el pancracio, a diferencia de las otras dos pruebas, importaba más la agilidad del púgil que su fuerza o peso, por ello sus practicantes acudían con regularidad a la palestra. En este sentido, las palestras estaban dotadas de un saccus de cuero relleno de harina o arena y de pesas de metal para que los atletas se ejercitasen allí bajo la supervisión del paidotríbês. Esto queda perfectamente confirmado en el epitafio del único púgil documentado en la epigrafía hispana, un pancraciasta mallorquín (de Pollentia) quien, según reza en la inscripción, estaba acostumbrado a endurecer sus músculos en las palestras (solitus assiduis durare membra palaestris) [CIDER nº12]. Según Filóstrato los rasgos del boxeador ideal eran cuello y hombros erguidos, espalda simétrica y algo curvada hacia delante, tórax prominente, vientre compacto, brazos musculosos, manos largas y articulaciones anchas, piernas y rodillas firmes, no muy gruesas y con los músculos bien definidos, sin venas visibles en superficie, y costillas marcadas [Sobre la Gimnástica 34-35].

En Grecia los ganadores de las pruebas del pentathlon (carrera a pie, salto de longitud, lanzamiento de jabalina y de disco, y lucha) eran aclamados y recibían suculentos premios [Dión de Prusa: Orationes XLIX 11]. En cambio, en la pars Occidentalis los púgiles debían malvivir viajando de ciudad en ciudad participando en concursos locales [Horacio Epistulae 1,149]. En este sentido, sabemos que en Barcino bajo el reinado de Marco Aurelio se celebraban todos los años el 10 de junio unos ludi pugilum por valor de 1.000 sestercios [CIL II 4514]. Por el importe de esta evergesía se comprueba que los púgiles estaban muy mal pagados en el Occidente latino. Por ello, la mayoría de los atletas eran de origen oriental, donde el atletismo era muy valorado socialmente [Filóstrato: Vidas de Sofistas 2,25,6], por lo que eran asimismo de condición ingenua. Por este motivo el atletismo no era considerado una ars ludicra ni sus practicantes caían en la ignominia [Digesto III 2,4]. Así, el pancraciasta mallorquín a tenor de su nombre (Cornelius Atticus) era un hombre libre, y además, pese a ser latino en su epitafio en verso se especifica que gozó del favor del pueblo balear. Aparte del concurso barcelonés, en Hispania hay constancia de otra celebración de ludi pugilum en Balsa (Portugal) [CIL II 13]. Piernavieja resaltaba la circunstancia de que las tres inscripciones hispanas sobre púgiles hayan aparecido en yacimientos costeros como un indicio de que los atletas hacían sus giras en barco desembarcando en las ciudades portuarias [CIDER p.76].

Otros profesionales

Los espectáculos reunían a más profesionales además de los ya citados. Ya hemos expuesto que para el desarrollo de la competición eran necesarios árbitros, entrenadores o proveedores de animales. Otros profesionales documentados en la epigrafía hispana que se pueden citar son: un comerciante de armas (institor armorum) llamado Aulus Etrilius de Corduba, probable sede del ludus Hispanianus, por lo que pudiera haberles aprovisionado [CIL II2 7,337]; y un posible mozo de cuadra (agaso), Cocceius Martensis, muerto a los 22 años en Seria [HEp VII nº91].

Igualmente, la música desempeñaba un papel relevante en el desarrollo de los espectáculos, especialmente en el teatro. La música servía para marcar el ritmo y proporcionar rasgos dramáticos a los combates y carreras, y en el teatro la doble tibia (un intermedio entre la flauta y el clarinete actuales) era el instrumento que habitualmente acompañaba los cantica de los actores, junto con la lira y la trompeta. El tibicen tocaba en todos los espectáculos, pero en el mimo y la pantomima además daba recitales en los intermedios. En Emerita se ha descubierto el epitafio de un tibicen, quien por sus tria nomina (Quintus Vibius Fuscus) sería un hombre libre [HEp VII nº130]. No obstante, en Roma los músicos, al igual que el resto de profesionales, solían ser de condición servil. Un segundo intérprete documentado en la epigrafía peninsular es un musicarius de nombre oriental (Syntrophilus) y condición servil (al servicio de Lucius Sempronius) cuya inscripción sepulcral se encontró en el Cortijo del Álamo (Córdoba) [CIL II2 7,723]. Son escasos los epitafios latinos en los que se indica la condición de músico, por lo que cuando esto ocurre es porque su labor habría tenido un papel destacado en sus localidades; por consiguiente, posiblemente tanto Quintus Vibius Fuscus como Syntrophilus habrían actuado de forma regular en los ludi, una de las manifestaciones más importantes en la vida municipal. Además, dada la dificultad que entrañaba el tocar la doble tibia es probable que existiese una corporación musical en la capital lusitana donde se enseñase su técnica.

En otro orden, el mantenimiento de los edificios de espectáculos también generaba la existencia de profesionales al servicio de la organización de ludi. Tal es el caso de un dissignator cordobés, el liberto Titus Servius Clarus, cuyo oficio designaba tanto al acomodador como al organizador de cortejos fúnebres [CIL II2 7,345]. Y en segundo lugar, en el anfiteatro de Ebora un subsellarius construyó un palco para su patrono [AE 1990,484]. Finalmente, García y Bellido y Piernavieja identificaron erróneamente a Stelenus, un ostiarius de Corduba, con un portero del anfiteatro [CIL II2 7,346].

Así pues, como hemos expuesto, la organización y celebración de ludi entrañaba la existencia de numerosos profesionales. Tal variedad de especialistas evidencia la popularidad de dichos espectáculos de masas que demandaba su formación en diversas escuelas (ludus gladiatorius, histrionum o saltatorius, factiones, etc.). Dicha pasión según Tácito era adquirida por los romanos desde el vientre materno [Dialogus de oratoribus 29,4]. Por ello, a pesar de que los testimonios epigráficos referidos se concentran en las ciudades más importantes de las provincias hispanas, lo cierto es que la práctica totalidad de la población disfrutaría de forma regular de la asistencia a ludi. De este modo, abundan los objetos arqueológicos de uso doméstico con decoraciones lúdicas así como recuerdos de ediciones de juegos en las ciudades de todos los conventus [Ceballos 2002].

Bibliografía